No tengo tiempo para escribir poco

viernes, 23 de octubre de 2015

Afectos inalterables

 Las feministas no hemos renunciado al amor. De hecho, no tenemos nada en contra del amor, ya que nosotras también nos enamoramos locamente, igual que las demás. Eso sí: aunque lo intentemos, es cierto que nos cuesta gestionar ese amor sin obedecer a la norma hegemónica. (Kattalin Miner vía Pikara Magazine)

“Las feministas no hemos renunciado al amor. De hecho, no tenemos nada en contra del amor, ya que nosotras también nos enamoramos locamente, igual que las demás. Eso sí: aunque lo intentemos, es cierto que nos cuesta gestionar ese amor sin obedecer a la norma hegemónica”. Traducción al castellano del artículo de Kattalin Miner. - See more at: http://www.pikaramagazine.com/2012/05/lo-que-no-queremos-del-amor-como-deberiamos-amar-las-feministas-kattalin-miner-reflexiona-sobre-esa-pregunta-en-el-siguiente-articulo/#sthash.4rVSEAwn.dpuf
“Las feministas no hemos renunciado al amor. De hecho, no tenemos nada en contra del amor, ya que nosotras también nos enamoramos locamente, igual que las demás. Eso sí: aunque lo intentemos, es cierto que nos cuesta gestionar ese amor sin obedecer a la norma hegemónica”. Traducción al castellano del artículo de Kattalin Miner. - See more at: http://www.pikaramagazine.com/2012/05/lo-que-no-queremos-del-amor-como-deberiamos-amar-las-feministas-kattalin-miner-reflexiona-sobre-esa-pregunta-en-el-siguiente-articulo/#sthash.4rVSEAwn.dpuf
Las feministas no hemos renunciado al amor. De hecho, no tenemos nada en contra del amor, ya que nosotras también nos enamoramos locamente, igual que las demás. Eso sí: aunque lo intentemos, es cierto que nos cuesta gestionar ese amor sin obedecer a la norma hegemónica - See more at: http://www.pikaramagazine.com/2012/05/lo-que-no-queremos-del-amor-como-deberiamos-amar-las-feministas-kattalin-miner-reflexiona-sobre-esa-pregunta-en-el-siguiente-articulo/#sthash.4rVSEAwn.dpuf
Las feministas no hemos renunciado al amor. De hecho, no tenemos nada en contra del amor, ya que nosotras también nos enamoramos locamente, igual que las demás. Eso sí: aunque lo intentemos, es cierto que nos cuesta gestionar ese amor sin obedecer a la norma hegemónica - See more at: http://www.pikaramagazine.com/2012/05/lo-que-no-queremos-del-amor-como-deberiamos-amar-las-feministas-kattalin-miner-reflexiona-sobre-esa-pregunta-en-el-siguiente-articulo/#sthash.4rVSEAwn.dpuf
Las feministas no hemos renunciado al amor. De hecho, no tenemos nada en contra del amor, ya que nosotras también nos enamoramos locamente, igual que las demás. Eso sí: aunque lo intentemos, es cierto que nos cuesta gestionar ese amor sin obedecer a la norma hegemónica - See more at: http://www.pikaramagazine.com/2012/05/lo-que-no-queremos-del-amor-como-deberiamos-amar-las-feministas-kattalin-miner-reflexiona-sobre-esa-pregunta-en-el-siguiente-articulo/#sthash.4rVSEAwn.dpuf
Hoy se casan dos amigas muy queridas. Una de ellas, digamos que fue mi primer amor, aunque eso lo he comprendido con el tiempo.
Íbamos a 8º de E.G.B., tendríamos doce años. Quedábamos antes de que empezasen las clases en el kiosco que había delante del colegio y nos comprábamos un chupachups de fresa y nata. Aunque pasábamos el día juntas -ella se sentaba en las filas de atrás y yo delante, teníamos códigos para comunicarnos cuando algo nos hacía gracia, por ejemplo ella carraspeaba o yo me agachaba a coger algo de la mochila- no había noche que no nos telefoneáramos después de Padres forzosos para quejarnos de nuestros padres, soñar con que de mayores viviríamos en Nueva York -ella sí lo logró durante periodo de su vida, por cierto- o hablar de libros y otras pasiones.
Nuestra otra amiga común, con la que hoy se casa, se desesperaba con nosotras y con nuestros sueños. Su forma de ver las cosas era tan distinta a la nuestra. Sin embargo fui yo la que me alejé de ellas con los años, las crisis de identidad y demás avatares de una vida, mientras que su relación cada vez fue más intensa, hasta convertirse en amor. 
La verdad es que su historia es preciosa. Desde niñas y contra viento y marea. Yo me alegro tanto de que dos personas por las que siempre sentiré el cariño especial que otorga el conocerse desde siempre se quieran y se cuiden, que hoy estarán en mi cabeza todo el día.

Esto no quita que siga pensando que el matrimonio es una de las instituciones más fallidas de todas. Nosotras nos casamos porque queríamos ser madres y era la única forma en que ambas figurásemos como tal en un libro de familia. Ya ves. Las discriminaciones que aún hoy día siguen existiendo aunque nos creamos que ya hay igualdad legal. La hay siempre que te cases. El matrimonio, ese acto que ya rechaza la gente progresista hetero pero que el colectivo lgtb no siempre se puede permitir el lujo de despreciar. En fin, no me arrepiento de haberme casado con una persona a la que quiero tanto, sobre todo si recuerdo lo mágico que fue ese día. Pero me jode que no pueda ser simplemente una ceremonia simbólica que hicimos en un momento dado de nuestras vidas porque nos apetecía. Me jode que fuera una obligación, que nos convirtieran en mariposas achinchetadas con un nombre en latín escrito debajo.
¿Sistematizar, domesticar el amor? ¿El amor, ese sentimiento salvaje, visceral, tan físico, tan imparable? Es como si dijéramos que el diestro lasso de una cowgirl ha logrado atrapar el viento.

Al legalizar el matrimonio igualitario, lo que nos ha ocurrido es que ya podemos ser normales. Es decir, ya podemos tener una relación de amor, siempre que sea solo de dos personas y siempre que sea fiel. Fiel a la manera del sistema, es decir: ni se te ocurra tener sexo con nadie más, da igual lo que sientas o pienses. No fiel en el sentido de cuidar y respetar a la otra persona, teniendo en cuenta siempre su libertad. La fidelidad del matrimonio del sistema se basa en la amenaza. Hay que tener exclusividad y taparse los oídos para no escuchar lo evidente: que la vida es movimiento y cambio, que los afectos evolucionan, que el amor no es posesión sino crecer con alguien, acompañarnos, reencaminarnos según las circunstancias de la vida.

Lo más interesante de todo es que el sistema heteropatriarcal no tiene a sus mejores guardianas en las instituciones, aunque hagan un gran trabajo para protegerlo. Su ejército está donde menos te lo podrías esperar: en tu gente. Pero no ya en tu madre católica-apostólica-y-romana o en tu padre facha, o en esos tíos super comunistas pero la mujer en la cocina, o en la abuela que te sigue preguntando que si tienes novio, no.  En tu gente cercana, de tu misma quinta, con tus mismas luchas, las que estarán contigo en la calle el 7 de noviembre y las que ligoteaban en el Ambient a principios de los noventa con un ejemplar del fanzine Solazo Bollero en el bolso. Me ha pasado tantas veces. Darme cuenta de cómo me he convertido, dicho en palabras menos malsonantes, en propiedad de mi señora esposa. Con derecho a una salida loca de amigas de vez en cuando pero que tampoco me pase, que sobre todo hay que estar con la familia, ser siempre romántica con tu pareja, escuchar los consejos de esas personas que parecen conocer vuestra relación mejor que vosotras mismas.

Ya es hora de que dejéis a la niña con la abuela y os vayáis a cenar. Eso nos lo han dicho prácticamente desde que nació nuestra hija. Daba igual lo que deseásemos nosotras en ese momento tan primario, cuando vivíamos la maternidad con una fisicalidad bestial, volcando todo nuestro amor en ese bebé y alucinando con la experiencia. La sorpresa con la que nos observan siempre porque salimos por ahí sin necesidad de hacerlo juntas, aunque también nos encante estar juntas. Una sorpresa que tiene algo de reproche, de se te ha olvidado regar las plantas y se están muriendo, pero también de envidia. No digamos ya si te marchas de viaje y no es con tu pareja. De alguna forma parece que si estás emparejada tus afectos más íntimos (con íntimo no me refiero exclusivamente a la sexualidad, sino a abrir tu alma, tu intelecto, lo que sea) siempre tuvieran que estar dirigidos a esa supuesta media naranja (la verdad es que yo no creo en las mitades sino en personas completas cuyas vidas mejoran cuando las acompañan personas con las que conectas y tienes proyectos) y no pudieran repartirse con nadie más. Como si el hecho de cuidar tu relación con otra persona u otras personas fuera absurdo e innecesario, porque bueno, está bien tener amigas, pero lo primero es lo primero. Como si querer a más gente significase tener menos amor que repartir. Como si todos los amores fueran iguales y el tiempo no los alterara, no para disminuirlos, sino para cambiar su forma, como todo cambia con el tiempo.

Ay, ¿por qué, por qué hay que establecer jerarquías en los afectos? ¿No es ya suficiente con que las haya en el trabajo, en la Casa Real o en el jodido capitalismo? ¿También entre nosotras, copiando a esos amores heterosexuales de los que tanto habíamos renegado? ¿No queríamos una política de los cuidados, del affidamento, del continuum, ni dios ni amo ni marido? ¿Ateas semper fidelis? ¿Pero lo personal no era político, santa Kate Millett?

Felicidades a mis dos amigas queridas. Os deseo que vuestros cambios estén llenos de amor. Os deseo sororidad, comadreo, risas, insolencia y rebeldía. Si vuestras decisiones escandalizan, es que estáis haciendo algo bien.

martes, 30 de diciembre de 2014

Diez libros leídos en 2014 y no necesariamente de 2014

Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida (Mario Vargas Llosa).

Han sido muchas joyas que he descubierto o redescubierto, pero me piden, en esos retos que circulan por las redes sociales, que mencione diez grandes libros que haya leído en este 2014 que va extinguiéndose. No soy muy de rankings o top lists, pero pasar revista a mis lecturas me sirve para recrear placeres. Estos son los libros que recuerdo en este momento. No están por orden de preferencia sino que así me han venido a la cabeza.
Vita, Melania G. Mazzucco

Una soledad demasiado ruidosa, Buhomil Hrabal

La memoria de las piedras, Carol Shields

En Grand Central Station me senté y lloré, Elizabeth Smart

Una oración por los que mueren, Stewart O'Nan

Mi educación, Susan Choi

Americanah, Chimamanda Ngozi Adichie

We Are All Completely Beside Ourselves, Karen Joy Fowler

Un mundo deslumbrante, Siri Hustvedt

Foxfire, Joyce Carol Oates

sábado, 20 de diciembre de 2014

Bloqueo creativo

Escribe como si estuvieras muriéndote. Al mismo tiempo, escribe como si las personas que fueran a leerte tuvieran una enfermedad terminal. Después de todo, esa es la verdad. (Annie Dillard

Ah, el bloqueo creativo, ese gran tema… No es ni mucho menos sencillo, no se limita a sentarse delante del ordenador (o del cuaderno, o del lienzo, o de la arcilla… aplíquese a cualquier cometido artístico) y de pronto encontrarse con la mente en blanco. Normalmente tiene que ver con pensamientos y actitudes que tenemos enquistados. Son nuestros grandes enemigos y al mismo tiempo nuestros grandes aliados, siempre sirviéndonos de disculpa para perpetuar nuestros miedos.
¿Y si termino la novela y resulta ser una basura, qué haré entonces en la vida si es a lo único que me deseo dedicar? 
Esta es mi pregunta, aunque nunca la formulo de una manera tan abierta. Normalmente se esconde detrás de excusas: no tengo tiempo, mis horas más productivas las paso en una oficina de mierda, llego a casa agotada, la maternidad absorbe todos los ratos que antes tenía para escribir, mi cabeza está llena de preocupaciones, la ansiedad está matando mis neuronas… Las excusas no son mentiras, al menos en mi caso. Todo eso que acabo de decir realmente lo vivo así. La cuestión es qué demonios hago con la adversidad
Antes pensaba: tantas otras escritoras tenían circunstancias mucho más difíciles que las mías y sin embargo lo consiguieron… Pero eso no vale, es un pensamiento con truco: tantas otras que también hubieran podido escribir sus maravillosas obras seguro que se quedaron por el camino. Nunca lo sabremos. 
Aunque soy una persona profundamente espiritual, no tengo dios ni religión –no tenía que haber utilizado una conjunción adversativa, no sé por qué la espiritualidad debe ser patrimonio de la gente creyente- y me niego a buscar el sentido de la vida. Prefiero crear el sentido de la vida. Crear, no buscar. Por eso sé, y esa es mi lucha, que está en mis manos y únicamente en mis manos dar importancia a mi deseo y llevarlo a cabo. Esa es mi responsabilidad. 
La tarea es difícil, al menos para mí. Pero la pasión exige heroísmo, exige convertirse en una traductora que transforme sus sueños y sus valores en su modo de vida. 
En ello estoy. Pasito a paso. 
Jane Fonda encarnando a Lillian Hellman en la película Julia (Fred Zinnemann, 1977)

lunes, 7 de abril de 2014

Está usted muy gordita

¿Me vas a decir que esta panza no es natural? ¿Me la compré en Ikea, o qué? (Grupo de Facebook Stop Gordofobia

Está usted muy gordita para el hambre que se pasa (Alfonso Rojo a Ada Colau en el programa La Sexta Noche

Para mí, lo insultante es el diminutivo. Gordita. Es como decir negrito o chinita. Paternalista, peyorativo, dicho desde alguien que se siente superior. Di gorda. G-O-R-D-A. ¿Por qué tememos ese adjetivo? ¿Por qué lo subjetivizamos y lo convertimos en un insulto? (la noticia tendría que ser que por fin los tertulianos de derechas reconocen que se está pasando hambre en este país). 
Desde la infancia enseñamos a nuestras hijas e hijos que la gordura es algo intrínsecamente malo. "Mamá, esa niña me ha llamado gorda". Y enseguida, como leonas enfurecidas: "¡Pues dile que no es verdad, que tú eres muy guapa!" O bien, si somos más tranquilas: "Pues ignórala, hija, es mentira, con lo guapa que tú eres". Y si somos más de las de devolver el insulto: "Pues dile que ella sí que se va a poner gorda, que se pasa todo el día comiendo chuches". ¿Por qué no se nos ocurre decirle que ser gorda no es nada malo, que se quede tranquila, que si esa niña pretende molestarla no lo va a conseguir con eso? Después viene la adolescencia y sobre todo para las chicas, comer empieza a dar vergüenza, no vaya a ser que se crean que eres una "vaca". Y después, de adultas, cuando alguien te quiere decir algo agradable: "¿Has adelgazado, no? Qué guapa estás". Y los eufemismos como sobrepeso, y al describir a las personas, los malditos diminutivos: Esa chica morena, gordita... Gorda, coño. Gorda. G-O-R-D-A.
Yo estoy gorda y no me pienso disculpar por ello, ni darle mi dinero y mi tiempo a la industria de las dietas -si todas las mujeres invirtiéramos ese dinero y ese tiempo en otra cosa, como nuestra formación, o la militancia feminista, o qué se yo, madre mía qué poderosas seríamos-, ni perder un solo segundo con alguien con tan poca personalidad como para solo ver belleza en el ideal típico. Es que además me aburren tanto las conversaciones de he engordado, he adelgazado, qué bonito este vestido, qué ideales estos zapatos... de verdad, puro letargo. Me aburre también tener que explicar a estas alturas lo que es obvio: que una persona gorda no es necesariamente vaga, un ser carente de fuerza de voluntad, débil, descuidada... que paso, que si sigues pensado eso, en fin, disfruta de tu micromundo superficial de Ana y Mía y portadas del Cosmopolitan. Bien por ti. Qué vida tan interesante. 
Me resultaría divertido, si no fuera por el daño que hace a tanta gente la gordofobia, que en asuntos de peso todo el mundo se convierte en doctora o doctor, todo el mundo sabe lo que es malo malísimo y lo que deberías hacer si quieres estar sana. Y después, si vas a una consulta médica de verdad, se supone que tienes que aguantar que el médico o la médica de turno saque a relucir tu peso vayas a lo que vayas: ya sea que te haya salido un grano, tengas gripe o almorranas. ¿Pero de verdad es importante lo que peso o dejo de pesar con respecto a que se me haya taponado un oído, doctor? Venga, sea usted profesional. 
Somos tan modernas, nos encaaaaanta la diversidad. Multirraciales, multiculturales, superguays. Pero cuando hablamos de diversidad física, ya no se nos llena tanto la boca. Ahí nuestra mente está mucho más cerrada. Delgada es bonito. Gorda es feo. Punto. 
Por otra parte, ¿por qué tenemos que ser guapas? Muchas feministas reivindican la belleza en la gordura, por ejemplo. Y claro que hay gordas bellas, pero el tema está en la obligación que parece que se nos impone a las mujeres de ser guapas. Ya lo dijo en Modos de ver el crítico de arte John Berger: Los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres deben ser eficaces, las mujeres atractivas. Esto lo escribió en 1972. Las cosas no han cambiado nada. 
En Hollywood, por poner un ejemplo, hay cantidad de hombres "normales" compartiendo cartelera con mujeres espectaculares: Tom Hanks, Jim Carrey, Ben Stiller... La lista es larga, sacaréis muchísimos más si os ponéis a pensar. Las pocas actrices que no son tías buenas en el sentido tradicional de la expresión, o bien hacen papeles de gordita divertida -Melissa McCarthy es Sookie en Las chicas Gilmore, tierna, cómica y torpe- o bien son ya casi diosas de la interpretación, no tanto mujeres: Meryl Streep, Kathy Bates. Pensemos en series famosas como The Big Bang Theory. Un grupo de chicos normaluchos, por no decir feos, con un bellezón rubio. Suma y sigue. Dustin Hoffman -otro actor feúcho- comentó en una entrevista que cuando se disfrazó de mujer para la película Tootsie, se miró al espejo y se puso a llorar porque "encontraba muy interesante a la mujer en la que me había convertido, pero me di cuenta de que si viera a esa mujer en una fiesta jamás me acercaría a hablar con ella. Me han lavado el cerebro." 
Ni siquiera las mujeres que tenemos independencia, un sueldo y una formación intelectual damos la espalda a esta locura de la moda y la delgadez y empezamos a ignorar estas imposiciones. La misoginia internalizada es mucho más difícil de perder que los kilos. Parece que prefiriéramos seguir viviendo en este mundo que nos juzga por nuestra apariencia y que ignora que somos muchísimas cosas más además de eso. Que sí, que fenomenal si eres bella, sea cual sea tu talla o tu estatura o tu raza o tu condición física. Pero que si no eres guapa, bueno, pues tampoco pasa nada. Que no es obligatorio, es una pieza más en el engranaje de control del patriarcado. 
Ay, madre mía, que a estas alturas todavía estemos con esto...
Cuidado, somos peligrosas

jueves, 3 de abril de 2014

La mañana a mordiscos

Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo. (Fernando Pessoa

Con ridícula solemnidad, extrae de su mochila una manzana y empieza a mordisquearla sin apartar la vista de su ordenador. El crujido hace que mi compañera y yo nos miremos con ojos burlones. A la hora del café bromearemos sobre sus robóticas costumbres. De hecho sabremos cuál es la hora del café porque es justo en ese momento en el que él siempre dice: Bueno, ¿pongo musiquita? Y su selección de Spotify es como él, ni pop ni rock, ni lenta ni disco, ni fu ni fa. Alrededor de la cafetera de la cocina y aprovechando el ruido que hace la máquina mientras extrae el jugo de la cápsula, mi compañera me contará la pelea más reciente con su novio, la última injusticia de nuestro jefe, o peor aún, me enseñará las fotos retocadas con Instagram de su iPhone, igual de originales que las de todo el mundo. Pero yo ya estaré muy lejos, soy experta en viajar sin moverme y sin que nadie lo note, tengo pocos dones pero uno de ellos es ser invencible al tedio, me hablan y mi yo se divide en dos: una mujer amable que sonríe y hace las preguntas adecuadas y otra detestable, que a mí me cae mucho mejor, alguien que sencillamente no puede estar allí escuchando esa anécdota, haciendo esa fotocopia, preparando otro google doc, rellenando otra tabla de Excel, escuchando una vez más esa canción aséptica. No me creo mejor ni más interesante que nadie, realmente desconozco cómo se miden esas cosas. Lo que sí sé es lo que prefiero para mi vida y lo que despierta mi pasión. Supongo que con mis escapadas mentales simplemente me estoy preparando para dejar todo esto. Porque yo no voy a estar aquí toda mi vida. Lo tengo claro. Acábate ya la puta manzana.