No tengo tiempo para escribir poco

lunes, 7 de abril de 2014

Está usted muy gordita

¿Me vas a decir que esta panza no es natural? ¿Me la compré en Ikea, o qué? (Grupo de Facebook Stop Gordofobia

Está usted muy gordita para el hambre que se pasa (Alfonso Rojo a Ada Colau en el programa La Sexta Noche

Para mí, lo insultante es el diminutivo. Gordita. Es como decir negrito o chinita. Paternalista, peyorativo, dicho desde alguien que se siente superior. Di gorda. G-O-R-D-A. ¿Por qué tememos ese adjetivo? ¿Por qué lo subjetivizamos y lo convertimos en un insulto? (la noticia tendría que ser que por fin los tertulianos de derechas reconocen que se está pasando hambre en este país). 
Desde la infancia enseñamos a nuestras hijas e hijos que la gordura es algo intrínsecamente malo. "Mamá, esa niña me ha llamado gorda". Y enseguida, como leonas enfurecidas: "¡Pues dile que no es verdad, que tú eres muy guapa!" O bien, si somos más tranquilas: "Pues ignórala, hija, es mentira, con lo guapa que tú eres". Y si somos más de las de devolver el insulto: "Pues dile que ella sí que se va a poner gorda, que se pasa todo el día comiendo chuches". ¿Por qué no se nos ocurre decirle que ser gorda no es nada malo, que se quede tranquila, que si esa niña pretende molestarla no lo va a conseguir con eso? Después viene la adolescencia y sobre todo para las chicas, comer empieza a dar vergüenza, no vaya a ser que se crean que eres una "vaca". Y después, de adultas, cuando alguien te quiere decir algo agradable: "¿Has adelgazado, no? Qué guapa estás". Y los eufemismos como sobrepeso, y al describir a las personas, los malditos diminutivos: Esa chica morena, gordita... Gorda, coño. Gorda. G-O-R-D-A.
Yo estoy gorda y no me pienso disculpar por ello, ni darle mi dinero y mi tiempo a la industria de las dietas -si todas las mujeres invirtiéramos ese dinero y ese tiempo en otra cosa, como nuestra formación, o la militancia feminista, o qué se yo, madre mía qué poderosas seríamos-, ni perder un solo segundo con alguien con tan poca personalidad como para solo ver belleza en el ideal típico. Es que además me aburren tanto las conversaciones de he engordado, he adelgazado, qué bonito este vestido, qué ideales estos zapatos... de verdad, puro letargo. Me aburre también tener que explicar a estas alturas lo que es obvio: que una persona gorda no es necesariamente vaga, un ser carente de fuerza de voluntad, débil, descuidada... que paso, que si sigues pensado eso, en fin, disfruta de tu micromundo superficial de Ana y Mía y portadas del Cosmopolitan. Bien por ti. Qué vida tan interesante. 
Me resultaría divertido, si no fuera por el daño que hace a tanta gente la gordofobia, que en asuntos de peso todo el mundo se convierte en doctora o doctor, todo el mundo sabe lo que es malo malísimo y lo que deberías hacer si quieres estar sana. Y después, si vas a una consulta médica de verdad, se supone que tienes que aguantar que el médico o la médica de turno saque a relucir tu peso vayas a lo que vayas: ya sea que te haya salido un grano, tengas gripe o almorranas. ¿Pero de verdad es importante lo que peso o dejo de pesar con respecto a que se me haya taponado un oído, doctor? Venga, sea usted profesional. 
Somos tan modernas, nos encaaaaanta la diversidad. Multirraciales, multiculturales, superguays. Pero cuando hablamos de diversidad física, ya no se nos llena tanto la boca. Ahí nuestra mente está mucho más cerrada. Delgada es bonito. Gorda es feo. Punto. 
Por otra parte, ¿por qué tenemos que ser guapas? Muchas feministas reivindican la belleza en la gordura, por ejemplo. Y claro que hay gordas bellas, pero el tema está en la obligación que parece que se nos impone a las mujeres de ser guapas. Ya lo dijo en Modos de ver el crítico de arte John Berger: Los hombres actúan y las mujeres aparecen. Los hombres deben ser eficaces, las mujeres atractivas. Esto lo escribió en 1972. Las cosas no han cambiado nada. 
En Hollywood, por poner un ejemplo, hay cantidad de hombres "normales" compartiendo cartelera con mujeres espectaculares: Tom Hanks, Jim Carrey, Ben Stiller... La lista es larga, sacaréis muchísimos más si os ponéis a pensar. Las pocas actrices que no son tías buenas en el sentido tradicional de la expresión, o bien hacen papeles de gordita divertida -Melissa McCarthy es Sookie en Las chicas Gilmore, tierna, cómica y torpe- o bien son ya casi diosas de la interpretación, no tanto mujeres: Meryl Streep, Kathy Bates. Pensemos en series famosas como The Big Bang Theory. Un grupo de chicos normaluchos, por no decir feos, con un bellezón rubio. Suma y sigue. Dustin Hoffman -otro actor feúcho- comentó en una entrevista que cuando se disfrazó de mujer para la película Tootsie, se miró al espejo y se puso a llorar porque "encontraba muy interesante a la mujer en la que me había convertido, pero me di cuenta de que si viera a esa mujer en una fiesta jamás me acercaría a hablar con ella. Me han lavado el cerebro." 
Ni siquiera las mujeres que tenemos independencia, un sueldo y una formación intelectual damos la espalda a esta locura de la moda y la delgadez y empezamos a ignorar estas imposiciones. La misoginia internalizada es mucho más difícil de perder que los kilos. Parece que prefiriéramos seguir viviendo en este mundo que nos juzga por nuestra apariencia y que ignora que somos muchísimas cosas más además de eso. Que sí, que fenomenal si eres bella, sea cual sea tu talla o tu estatura o tu raza o tu condición física. Pero que si no eres guapa, bueno, pues tampoco pasa nada. Que no es obligatorio, es una pieza más en el engranaje de control del patriarcado. 
Ay, madre mía, que a estas alturas todavía estemos con esto...
Cuidado, somos peligrosas

jueves, 3 de abril de 2014

La mañana a mordiscos

Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo. (Fernando Pessoa

Con ridícula solemnidad, extrae de su mochila una manzana y empieza a mordisquearla sin apartar la vista de su ordenador. El crujido hace que mi compañera y yo nos miremos con ojos burlones. A la hora del café bromearemos sobre sus robóticas costumbres. De hecho sabremos cuál es la hora del café porque es justo en ese momento en el que él siempre dice: Bueno, ¿pongo musiquita? Y su selección de Spotify es como él, ni pop ni rock, ni lenta ni disco, ni fu ni fa. Alrededor de la cafetera de la cocina y aprovechando el ruido que hace la máquina mientras extrae el jugo de la cápsula, mi compañera me contará la pelea más reciente con su novio, la última injusticia de nuestro jefe, o peor aún, me enseñará las fotos retocadas con Instagram de su iPhone, igual de originales que las de todo el mundo. Pero yo ya estaré muy lejos, soy experta en viajar sin moverme y sin que nadie lo note, tengo pocos dones pero uno de ellos es ser invencible al tedio, me hablan y mi yo se divide en dos: una mujer amable que sonríe y hace las preguntas adecuadas y otra detestable, que a mí me cae mucho mejor, alguien que sencillamente no puede estar allí escuchando esa anécdota, haciendo esa fotocopia, preparando otro google doc, rellenando otra tabla de Excel, escuchando una vez más esa canción aséptica. No me creo mejor ni más interesante que nadie, realmente desconozco cómo se miden esas cosas. Lo que sí sé es lo que prefiero para mi vida y lo que despierta mi pasión. Supongo que con mis escapadas mentales simplemente me estoy preparando para dejar todo esto. Porque yo no voy a estar aquí toda mi vida. Lo tengo claro. Acábate ya la puta manzana.

miércoles, 2 de abril de 2014

Una pequeña presentación (lo mismo vale esta que otra que se me hubiera ocurrido otro día)

¡Qué parte tan ínfima de la existencia de una persona son sus actos y sus palabras! Su verdadera vida es la que transcurre en su cabeza y solo ella misma la conoce. (Mark Twain

Lo he intentado todo. Aficionarme a la historia. Scrapbooking. Mindfulness. Diseño web. Tocar la armónica. Dibujar. Tomar fotos interesantes, tener un huerto urbano, coleccionar camafeos, hacer punto... Me encantaría describirme como una persona inquieta, ¿cómo se dice? Renacentista. Pero estaría mintiendo si dijera que me interesa todo, que pico de aquí y de allá, que lo mismo te desatasco una cañería que te recito los Reyes Godos que te cuento mi viaje por Japón. Nada, lo mío es la literatura y punto. 
Leer libros. Coleccionar libros. Las librerías. Las bibliotecas. Los puestos callejeros. Las ferias literarias. Los marcapáginas improvisados que se encuentran en los libros (hojas de los árboles, listas de la compra, notas de amor, billetes de autobús). Los cotilleos literarios que en la bendita era de Internet puedes encontrar fácilmente. Las efimérides de autoras y autores que ocupan mi cerebro (la misma parte del cerebro en donde habita el amor). La narrativa. Escuchar historias, recordar historias, recrear historias, inventar historias. 
Lo primero que miro en un periódico es la parca sección cultural. Mi participación en las redes sociales gira casi siempre en torno a lo literario. No, no me canso. Siempre hay algo nuevo incluso en un libro escrito hace cien años. 
Al pensar en elaborar un post de presentación para este blog, se me ocurría que lo único que podría decir de mí es esto. Que leer no es algo que hago en mis ratos libres, sino una actividad muy importante de mi día. Que se me da bien recomendar libros de forma personalizada. Que también cuento historias. Me las cuento a mí misma por la noche, para quedarme dormida. Las escribo. Las imagino. Esto, en cuanto a lo que se me da bien. No hay nada más que se me dé bien. 
Pero la vida no está compuesta solo de las destrezas de una, ¿verdad? Los desastres también requieren mucho esfuerzo. Desde que me levanto hasta que me acuesto, mi jornada está repleta de ellos. Pero que nadie diga que no lo he intentado. Sobre todo, que no me lo diga yo a mí misma. 
Hay un montón de palabras que puedo aplicarme. Estoy madre desde que me levanto hasta que me acuesto y también mientras duermo. Soy feminista full time. Las demás, creo que son variables. Me habitan multitudes, que diría Whitman. Si te interesa, aquí estaré contándote.